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Año 23 - Abril/2021
BIMESTRAL
N° 122
denuncia    INICIO      Jueves 13 de Mayo del 2021    
  EDITORIAL

  NACIONAL
LA DERECHA DE LOS ZAPATOS ROJOS

  CIUDAD
CUENCA Y SU ACTA DE FUNDACIÓN

  DENUNCIA
PATRIMONIO: ABANDONO Y DESTRUCCIÓN

  OPINIÓN
EL BICENTENARIO DE PEDRO PALACIOS
EL VIACRUSIS DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA

  ANIVERSARIO
"EXPRESIÓN LATINOAMERICANA"

  NATURALEZA
GALÁPAGOS EL ÚLTIMO RINCÓN DEL PLANETA
LA AVENTURA DE DAVID LIGOUY

  COMUNIDAD
EL LIBRO DE NABÓN

  CULTURA
PÁGINA LITERARIA
LITERATURA Y ARTE POR LA NO VIOLENCIA

POR: Felipe Díaz Heredia

 

 


Patrimonio: Abandono y destrucción
La piedra del primer puente de cal y canto de   Cuenca
Los trabajos de recuperación de la iglesia de El Vergel, en el mes de noviembre del año 2006, pusieron en evidencia el descubrimiento de una piedra que guarda parte de la historia de la ciudad. Se trata de una lápida memorial la cual tiene una fundamental importancia para la historia epigráfica de la capital de la morlaquía, pues la piedra se correlaciona con uno de los primeros puentes que se construyeron sobre el río Tomebamba en la Colonia, por disposición del Cabildo del 9 de diciembre de 1587, cuyas actas permitieron contextualizar el hallazgo para deducir que el texto epigráfico se refiere al primer puente de calicanto que se levantó en la temprana época colonial en el sector que hoy corresponde a la parroquia de El Vergel. La inscripción está grabada en piedra, en escritura procesal, en castellano antiguo, sin espacios. En el análisis de las cinco líneas del texto tallado dice: «Estas puentes se hizieron por orden mandado del Licenciado de las Cabezas de Meneses, oidor de Quito, visitador general del distrito».

Investigaciones realizadas sobre este elemento epigráfico confirman que este tiene tras de sí una apasionante historia, pues la decisión de colocar esta inscripción consta en los libros de Cabildo de fines del siglo XVI. Justamente, el texto de la referencia dice: «Es el Oidor de la Real Audiencia de Quito, Licenciado Don Alonso de las Cabezas y Meneses, quien ordena que se reúna la suma de mil pesos a prorrata de los vecinos españoles, caciques e indios en servidumbre, para iniciar la construcción de los puentes de la ciudad».

Ampliando la investigación y con respaldo documental en los registros del Libro de Cabildos de Cuenca 1587-1591, se registra que, en el año de 1587, el Licenciado Alonso de Cabezas de Meneses, que ostentaba el título de Oidor de la Real Audiencia de Quito y de Visitador General del Distrito y de las ciudades de Cuenca, Loja, Zamora y Hatun-Cañar, consideró la construcción de los puentes en los ríos de la ciudad, sobre todo aquel que se ubica en el camino de la salida de Cuenca hacia Loja.

El Libro de Cabildos da cuenta que se da prioridad a la construcción del puente en ese sector por la cercanía de los materiales y el servicio que daría, sobre todo, a los naturales que habitan en ese lugar. Agrega que el material que se exigía para su hechura sería de piedra labrada y el calicanto. Además, que para la construcción se contrata con Diego Alonso Márquez, albañil maestro de hacer las dichas puentes.

Se dispuso también en la citada sesión de cabildo sobre los materiales que iban a ser utilizados en dichos puentes. Citamos ex integro el texto respectivo: «Ha de hacer la dicha primera, puente toda ella de piedra labrada, lo que toca al arco y lo demás de mampuesto de cal y arena» (Cab. 1587- 1591). Otra acta del Cabildo del 13 de junio de 1591 es valiosa frente a este asunto, puesto que dice, al pie de la letra: «... en la dicha ciudad de Cuenca, hay tres ríos caudalosos donde había perecido y perece mucha gente, así naturales como españoles, y últimamente se había ahogado un vecino de la dicha ciudad, en el río de Machángara que está cerca de ella en el camino que va a Quito, y los otros dos están juntos a la dicha ciudad. Camino de Loja y de esta corte, en uno de los cuales, se había acabado de hacer una puente de cantera». (Cab. 1591-1563).

Este escrito permite columbrar que para el año 1591 ya estaba construido el puente de calicanto sobre el Tomebamba, siendo de cantera, lo que nos lleva a presumir que la piedra en cuestión es de esa época y tiene, a la presente fecha, más de cuatro siglos de historia, siendo en verdad otra placa de las más antiguas de la ciudad.

En la actualidad la piedra colonial de El Vergel permanece abandonada, expuesta al deterioro, en alarmante decadencia, desahuciada en la parte posterior de la iglesia parroquial, en una bodega a la intemperie, compartiendo espacio con una máquina de cemento, tarros de pintura, palos, materiales de construcción, con serias muestras de deterioro y daño, al punto que la última línea de la inscripción, es ilegible debido a la enorme destrucción y falta de protección del patrimonio local. Un profundo desconocimiento de su historia e importancia sin conciencia alguna de esta importante lápida histórica por parte del párroco, sus vecinos y de las autoridades llamadas a proteger, velar y valorar este invalorable bien patrimonial de la ciudad, son las causas para que este elemento epigráfico camine a su desaparición, restándose una más a las decenas de placas epigráficas que reducen su patrimonio epigráfico.

Creemos que este monolito con memoria colectiva, al que todos los ciudadanos tendríamos derecho ver, recorrer y apreciar, no es un patrimonio que pertenece a los vecinos el Vergel, ni a la casa parroquial, quienes no han tenido una participación activa en el manejo de esta inscripción histórica ni el interés ni el conocimiento para precautelarla , quizás por falta de motivación propia o por un avasallamiento institucional que prioriza la burocracia indiferente, permitiendo que su destrozo cada día sea más elocuente durante estos quince años.

Cuando aparece en el horizonte de muestra ciudad la celebración del Bicentenario de la Independencia de Cuenca nos impusimos en realizar un aporte bibliográfico para la Atenas del Ecuador, con el libro «Epigrafía y Escultura Patrimonial de Cuenca» (Felipe Díaz Heredia. 2020), una obra que aborda por primera vez una profunda investigación sobre las placas históricas conmemorativas que posee la capital del austro, una labor de inventario, de citación, de enumeración, de nómina, con un sostenido respaldo histórico y rigor investigativo de cada escultura urbana tanto como de las inscripciones epigráficas grabadas en el severo bronce, en mármol lugareño, o en la dura piedra.

Con este precedente de obligada referencia, al ser la piedra de El Vergel -junto con otros objetos coloniales de vieja solera como la lápida de Tarqui, las campanas de la catedral y la piedra de San Blas- uno de los elementos primigenios que se registra desde la Epigrafía en el devenir histórico de la urbe, se trata también de una lápida que guarda huellas indelebles de nuestra identidad y da cuenta del legado histórico que pervive redivivo en Santa Ana de los Ríos de Cuenca, catalogado por primera vez en la obra «Epigrafía y Escultura Patrimonial de Cuenca», siendo nuestro empeño y compromiso cívico con la urbe concientizar y llamar la atención con el fin de precautelar para que esta placa sea destinada a un espacio especial para su exhibición y conservación pues estando a la incuria se vuelve vulnerable a frecuentes atentados, por lo que es inminente la necesidad de preservarla, con un estudio profundo, análisis e investigación, tanto por su originalidad, el material pétreo que está sostenido en ella, el tipo de letra, el lenguaje usado, cuanto por su rareza y carácter histórico que testifica per se un suceso importante que se imbrica en la memoria local.

La historia epigráfica de nuestra urbe tiene raigambres muy antiguas y tanto es así que muy bien podríamos decir que se remonta a los mismos días de su fundación. Antes de la placa de El Vergel, Cuenca tuvo ya la sencilla, elocuente y famosa lápida pétrea fundacional del templo de San Blas, con inscripciones del año de 1557 y descubierta en 1947. Sin embargo, también este elemento ha tenido una desventurada historia puesto que no ha sido solo la naturaleza sino el carácter indolente de las autoridades parroquiales y públicas lo que ha coadyuvado para que este símbolo de identidad cuencana se destruya en la misma forma en que hoy se deteriora la placa de El Vergel a que incluso se torne ilegible como aquella de San Blas. Qué irónico resulta que las dos placas más antiguas de la capital azuaya sean víctimas del quemeimportismo y de la ignorancia supina que hace que no se puedan preservar con el debido respeto por la historia que ellas trasuntan en tanto son el punto de partida y de llegada de la ciencia epigráfica, auxiliar de la historia en la vida de una comunidad civilizada como la nuestra. Digamos con la necesaria perspicuidad que aspiramos a que se actúe a tiempo para que nuestras palabras no sean como la voz que clama en el desierto.

Es por demás alarmante recordar que en esta plazoleta de gran versatilidad en la historia ocurrió también un atentado, sin importar que el sitio es un ícono de la vida citadina al incorporar en la memoria el cotidiano golpear del martillo sobre el yunque en los talleres de los herreros que dan al hierro forma y figuras, junto a las casas pequeñas de adobe y la callesita estrecha que persiste en asumir su amor por el pasado. La plazoleta fue desmantelada por una fórmula contemporánea de una nueva burocracia estética llevada a cabo con fines políticos (Fundación Barranco). Así entonces, en el año 2007 retiraron la placa de bronce que rememoraba que Alfonso Cordero Palacios era el fundador de la parroquia Huayna Cápac, junto con la pila de piedra, el hemiciclo ornamental que rodeaba a la plaza engalanada con verjas de hierro forjado, techo de teja roja y faroles. Despojaron también las bancas de madera y metal, la cruz de piedra, símbolo de un humilladero colocado a la entrada y salida de la ciudad sin que se sepa el rastro de estos elementos ¿En dónde están? Dejaron una plaza sin valor estético, fraccionada y transformada, borrando la memoria del pasado, sin identidad propia y vinculada a un continuo proceso de modernización desarticulada de la valoración que debemos tener por el pasado.

No nos queda más que recurrir a la denuncia periodística ante la indolencia y el desinterés de las autoridades llamadas a preservar a la piedra epigráfica de El Vergel. Al menos queremos crear conciencia crítica en la comunidad para que se aúnen esfuerzos colectivos a fin de rescatarla y depositarla en un museo, siendo el más indicado el Museo Remigio Crespo Toral, porque solo en pueblos incultos puede uno imaginar que las huellas de la historia desaparezcan por la incuria y la ignorancia y Cuenca es una ciudad culta que no merece que sus bienes patrimoniales desaparezcan sin quedar piedra sobre piedra de la memoria histórica que nos erigió como un pueblo pletórico de tradición y cultura en el horizonte de la patria.




 


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