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Año 18 - Febrero/2017
BIMESTRAL
N° 97
reportaje    INICIO      Sábado 23 de Septiembre del 2017    
  EDITORIAL

  NACIONAL
ENTRE LA INERCIA Y EL DESENCANTO

  NATURALEZA
AMAZONIA SUSTENTO Y VIVENVIA ESPIRITUAL
DAÑOS AMBIENTALES
ENCUENTRO POR EL AGUA Y LA PACHAMAMA

  CIUDAD
SANTIAGO LÓPEZ: Estamos trabajando a conciencia
EL ACCIONAR DE LA FISCALÍA

  OPINION
CUESTIONADO CONCURSO DE FRECUENCIAS

  REPORTAJE
"MONCHITO" TU VOZ RESONARÁ EN EL TIEMPO

  ENTREVISTA
PRESIDENTE TIENE QUE SER MÁS SERENO

  CULTURA
LOS CONJUROS DE ROSALÍA ARTEAGA
ADRENALINE... UN CAMINO HACIA EL ÉXITO

  COMUNIDAD
NOVIAZGO SIN VIOLENCIA
PASE DEL DIVINO NIÑO MIGRANTE
SE HACE CAMINO

POR: Belén Andrade

 

 


“Monchito” tu voz resonará en el tiempo
El Observador expresa su más profundo pesar por el fallecimiento de Monseñor Luis Alberto Luna Tobar, ex Arzobispo de Cuenca. Nos deja una huella imborrable. Se ganó el corazón del pueblo ecuatoriano, especialmente de la gente más humilde de su querida y amada Cuenca. “El Monse” como lo llamábamos cariñosamente los periodistas que acudíamos a su despacho para conocer sus opiniones sobre los temas nacionales y locales, siempre frontal, sincero, directo, con una sonrisa y alguna anécdota, que a veces olía a picardía, nos atendía amablemente, Varias veces escribió artículos para este medio de comunicación. La portada del primer número de El Observador lo dedicamos a él con un reportaje elaborado por Belén Andrade, bajo el título “Me duele no saber quichua”. Ya retirado de su trabajo pastoral, le entrevistamos en su hogar, aquí en Cuenca, sobre la actualidad política, con el encabezado “Presidente tiene que ser más sereno”, claro, esa serenidad que clamaba el Pastor de la Iglesia, nunca llegó, al contrario, con el paso de los años, el problema se ha ido agravando. En su homenaje, reproducimos los dos temas. Que descanse en paz en Arzobispo de los pobres.

Así habla S. Juan de la Cruz de la totalidad de la existencia humana, el motivo, el sentido y el eje de cada vida. Así Fray Luis Alberto, el Padre Luna, Monse querido, Monchito, Monseñor Luna Tobar, Arzobispo de Cuenca, amigo de los amigos, fiel al ser humano, listo siempre a cualquier examen, vive a día a día su vida, que es su misión, y a la inversa.
“Me duele no saber quichua”, dice. Porque le duele no tener el cauce natural, la propia lengua, para comunicarse con los hermanos indígenas, para conocer el nombre del aire y de la flor que nace en la intrincada selva con su sonido telúrico. El tiempo es una carga preciosa para él. No lo gasta, lo usa con amor renovado, de servicio y entrega. Dispuesto a la llamada, a la tristeza y al llanto para devolver sonrisas; tiene lista una broma, un abrazo, dos palabras que cada quien sabe que fueron cinceladas, para sí mismo en el instante preciso, el necesario.
Antes de que amanezca está ya alerta para darles la bienvenida a los pájaros, al alba tan poco resuelta a veces, al primer aroma del pan primero. Sale de puntillas para ir al encuentro de la señora que vende el pan de madrugada en lo alto de la escalinata, desde que la ciudad eran las calles principales barridas al amanecer con escoba de retamas. Le reconocen de lejos por el paso leve y el gesto, ella y muchos más que son los habitantes diarios de su jornada larga. Con los niños conversa sobre lo que la vida fue haciendo complicado; es el amigo que les escucha, que no les falla si necesita alguno un cuaderno o un trompo, que le lleven a casa o que le defiendan del coscacho inevitable. En las esquinas donde ronda la desesperación por la falta de trabajo, donde el obrero diestro en albañilería y carpintería, electricidad y plomería se ofrece desde el lunes y a veces a mediada la semana, la cabeza blanca es familiar para los de siempre y para los que recién llegan de pueblos y otras provincias.
Los aromas de las hierbas nativas y el color de las frutas y verduras, el humear del monte, los quesillos tiernos y los montículos de yuca, de zanahoria, de tomate, o el cesto de limones y cebollas, son la oración cotidiana, de celebración de la vida: “frutos de la tierra y del trabajo del hombre”; el piso alto del mercado recibe su visita semanal y el atado de hierba-luisa, de manzanilla, salpicando de amarillo la monotonía del verde, se mezclan con la remolacha y el zapallo, la piña y la mora, en el improvisado canasto. Sabe por cada una de las vendedoras del frío de la madrugada para ir a los mayoristas a comprar los productos y de cómo les explotan con el transporte, de las dificultades para atender a los hijos y de que hay veces que ya no se puede con las borracheras de los maridos. Su palabra es de amigo, de apoyo, de aliento.
“Se hace camino al andar…”. De la provincia ha recorrido cada camino, los pocos asfaltos y los cientos de vericuetos de tierra o empedrados en los que se abren las vías principales, y que comunican las parroquias con sus anejos y caseríos; a más de un lugar llegó al principio de su misión en caballo o mula, y más de uno ha ido cambiando su realidad en los años que lleva acompañando al pueblo; sitios trepados en la montaña tropical, agrícolas fundamentalmente, que por obra y gracia del progreso, de la apertura de carreteras, devinieron en centros mineros importantes y transformaron sus propuestas de futuro, encontraron en él al compañero dispuesto a entender sus nuevos presentes. En cada esquina de la provincia, en las cercanías y en zonas remotas, en la ciudad y los pueblos, percibe la ausencia de tantos que dejaron hogar, hijos, esposas, para ir en busca de una quimera que se resuelve en más sinsabores que los que originaron la salida. La organización de familiares de los migrantes, así como el problema de los deudores, de la gente que de buena fe pidió créditos a los bancos para trabajar y las condiciones de país, la década perdida, la guerra del Cenepa, la recesión, el precio del dinero, contribuyeron a dejarles en el desamparo, son de su preocupación diaria, todo es asunto de la vida, de supervivencia para muchísima gente, dice la comunidad, los problemas compartidos, la realidad “nuestra”, no de uno o de otro, sino de todos, es la traducción diaria de su quehacer. Y él es paro lo general y para lo particular. Para apoyar la organización comunitaria, los grandes temas sociales que son los de cada uno y entender el quehacer individual en el sentido de lo colectivo. Con la Panchita, que ha vivido sus ochenta años detrás del Señor de Belén, en Turi, habla de la omnipresencia de Dios, ella le explica que el Taita está en todas partes porque a él, el taitico abispo le ilumina el corazón, a ella le cuida en el camino y también silva en los montes para que nadie asalte las casas de los que salen al trabajo diario. Para la señora Manuela pobre y sola desde hace mucho tiempo, es una fiesta el primer martes de cada mes, cuando le lleva el café, chocolate y un paquete de galletas amor.
De la guerra española le queda el recuerdo taladrante del hambre y le duelo para siempre cada hambriento en cualquier geografía. Las madres, las mujeres, los jóvenes se acercan al servidor, al hombre que escucha y se conmueve. Los niños al amigo, al compañero de juegos y de bromas, con quien se escriben cartas y con el que hacen un cuento interminable con dinosaurios y noés discutiendo a la entrada de la arca un poco averiada de tanto peso, y mil cosas más. Ligero y dispuesto cada día para atender, servir, acompañar a los grupos, a las gentes de una en una, a los más sabios y a los más necios con atención y ternura; los pasillos del hospital y la oscuridad de la cárcel son parte de su itinerario silencioso, para resolver y ayudar, para alentar a las madres a cuidar la luminosidad de cada vida, aunque tenga que crecer en la sordidez de una prisión.
Le gusta Serrat y siempre le conmueve Machado, Antonio. Le hace un agujero al tiempo y lee poesía y novela. La política, que es servicio o debería serlo, la vida de la ciudad, sus carencias, y el pueblo con todos los rostros de la pobreza son temas que se entremezclan en preocupación constante. Listo cada mañana a inaugurar el asombro, a aprender del joven, del niño, del artesano esa sabiduría que en unos casos es la paciencia y en otros la libertad por la constancia, a descubrir la perfección y la alegría en las plantas que brotan, en la lluvia que moja la tierra, en el vuelo liviano del quinde y la mariposa. La disposición humilde de servicio al que más lo necesita hace de su tiempo en esta tierra austral parábola diaria de encuentro, de solidaridad fraterna.
Es la historia del amigo que da la vida por sus amigos.

Publicado en la primera edición de la Revista El Observador (Abril de 1998).


 


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