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Año 21 - Diciembre/2019
BIMESTRAL
N° 114
historia    INICIO      Miércoles 19 de Febrero del 2020    
  EDITORIAL

  INTERNACIONAL
¿REVOLUCION ENTRE LOS DIAS?

  NACIONAL
UN GOBIERNO DEBIL E IMPOPULAR
LEVANTAMIENTO INDIGENA Y POPULAR

  DENUNCIA
FUNCIONARIO Y CONTRATISTA AL MISMO TIEMPO
EL FRACASO DE TRES ALCALDES Y LA GRAN ESTAFA DEL TRANVIA

  PATRIMONIO
20 AÑOS COMO PATRIMONIO MUNDIAL

  HISTORIA
PINCELADAS DEL AYER
EL CHAZO CUENCANO
PASE DEL NIÑO Y KAPAK RAYMI

  CULTURA
UN MAESTRO CONSUMADO

  PERSONAJE
ROSTROS Y RASTROS DE TRASCENDENCIA

  TURIMSO
LACIUDAD LUZ

POR: Patricio Matute García

 

 


EL chazo cuencano
Analizar los imaginarios culturales de las identidades fragmentadas, resulta un interesante reto, al menos en las zonas andinas de Latinoamérica en donde aún pervive -como sello memorístico- la sabiduría andina imaymana (voz quichua que significa como no). Nuestros mestizajes americanos e identidades, rebasaron varias vertientes: originaria, europea y africana, pero en algunos casos manteniendo la visión dual de las cosas, al contrario de pensarlos como un hecho cronológico desde las filosofías occidentales tradicionalmente pragmáticas.

     En la ciudad de Cuenca, chacear (llamar chazo), -tanto en lo negativo, como en lo positivo-, connota dualidad, dos sendas que hay que observarlas paralelas o convergentes, en clave de consenso o en conclave de disenso. Confluir en la leyenda negra, y en los valores del chazo cuencano es necesario, así se puede justipreciar su presencia en diferentes instancias socio-culturales, económicas, e ideológicas que están ahí, que no quieren reconocerse, pero que son innegables, como las tautologías, el barroco andino, o el mismo imaymana.

     Es inexcusable asumir el machismo del chazo; la dureza del trato con sus subalternos cuando mayoral, terrateniente, o político; sus formas de vida como contrabandista de alcohol, enamorador, bohemio y colaborador del status quo. Pero también hay que sentirlo desde sus valores como visionario, arriesgado comerciante, inversionista, industrial, aglutinador de ideas, amante de la tierra, de sus costumbres y tradiciones, de sus dotes de etnógrafo, de su diplomacia entre patrones, peones, políticos, iglesia y autoridades. Quizá es el singular heredero de los Quillcas y Curacas que a la llegada de los españoles a América, emprendieron en el oficio de ser una especie de gozne entre los conocedores del territorio y exploradores, hidalgos, villanos y pueblo.

     Esa dualidad, visible en los imaginarios andinos, se traduce en una de las características del cuencano: amante de las artes, pero al mismo tiempo destacado visionario. Cuando los laureados poetas, cantaban sus loas a la vida, al río y al paisaje lleno de capulíes, los chazos arriesgaban sus vidas por Molleturo, para llegar al Puerto de Bola, o iban y venían con carga desde y hacia las Ferias de Sullana (Perú), Quito y Bogotá (Colombia), hasta llegaron a Panamá, buscando la vida, abriendo trocha para los productos bandera de Cuenca y el Azuay, que fueron muy importantes en cada época. Esos chabacanos (personas con modales grotescos), que escupían en el suelo, comían con las manos, se reían y hablaban fuerte, se vestían chagra con colores fuertes, sustentaron gran parte de la economía de la región sur del Ecuador, sacaron adelante de la crisis de la cochinilla y la quinina primero, y luego de la crisis del sombrero de toquilla a esta región morlaca siempre autodeterminante, autosustentable y autosostenible.

Literatura, estudios culturales, antropología
     Hay varios autores que hablan del imaginario del chazo, así tenemos a Luis Moscoso Vega, con Espadachín Zabala; Carlos Aguilar Vázquez, con Los Hidrovos; Gonzalo H. Mata, con Sal, Sanahuín, Cusinga Capulí en Liz, Chorro Cañamazo; Arturo Montesinos Malo, con Arcilla Indócil; José María Astudillo, con Entre Barro y Humo; Manuel Muñoz Cueva, con Otra Vez la Tierra Morlaca; Eliecer Cárdenas Espinosa, con Polvo y Ceniza, y otros autores, nos han dado una aproximación sobre el objeto de conocimiento. 

Pintura de Emilio Lozano
     Este artista cuencano plasma desde su pintura las estampas de la época en 1940 que le tocó transmitir en especie de memoria -recordatorio futuro-. Aproximaciones antropológicas y etnográficas en sus composiciones, nos revelan los colores ocres, amarillos, rojos, blancos y azules que muestran la cosecha, la siembra, las fiestas, el paisaje semirural de Cuenca. Los chazos, las cholas y las niñas son parte de sus motivos. Los chazos mayordomos, los chazos terratenientes también lucen sus vestidos de fiesta, de trabajo, y de diario.

     Si asimilamos a la pintura como testimonio simbólico, de un modo u otro, -una lectura desde la semiótica-, podríamos decir que en cada lugar hay dispositivos culturales que evocan acontecimientos y narran fábulas con personajes míticos como el caso del chazo, que en Lozano aparece casi siempre con un fondo de montañas añiles, cerca del río, entre árboles frutales, con las comidas de la región, lo que corrobora las palestras y lugares iconos de este personaje. Estamos pensando en la montaña (transporte de mercancías, explotación de oro y plata, lugar de las plantas para curarse), en el río (el agua como la vida, lugar de socialización de saberes), en la naturaleza (que brinda los frutos, que brinda el maíz, los animales), o en parte del rico anecdotario de los chazos que describe la cría, doma y monta de caballos, influencia que pervive en el Juego de la Escaramuza, practicado en las provincias de Azuay y Cañar, o en el Pase del Niño, cuando Mayorales, Gitanas, Mexicanos, Toreros, montan ataviados de sus mejores trajes para homenajear cada año el 24 de diciembre, al Niño Jesús.

Fotografía como metodología de la reconstrucción de la memoria
     La fototeca del Museo de Pumapungo en Cuenca nos ofrece una reminiscencia gráfica de la Cuenca del siglo XX. Paisaje cultural, hombre y su vestuario, fiestas, ritos y mitos se pueden observar como un libro abierto de recuerdos. Al mismo tiempo recorremos el Fondo Etnográfico del Ministerio de Cultura del Ecuador, sede en Cuenca, que nos corrobora la utilización de varios objetos de la construcción cultural chazo cuencano y azuayo en su vida cotidiana: guitarras, vihuelas, bandoneones y concertinas, cántaros para el agua y la leche, aperos, sillas de montar, jaquimones, sudaderos, escopetas, bateas para lavar oro, balanzas, vitrolas, relicarios y rosarios.

     El chazo indudablemente está presente con sus botas y poncho singular y único, para diferenciarse de los indígenas. Los sombreros son punto importante, están los de ala ancha de paño, pero también los de toquilla. No sabemos cuál de los dos podría ser parte identificatoria de los chazos o si se utilizaban en la fiesta, el diario o el trabajo indistintamente, sin embargo el de toquilla identificó e identifica en gran parte a los ciudadanos cuencanos y azuayos.

Construcción coreográfica
     Como parte de los Estudios Culturales utilizamos música y danza para analizar el ciclo de vida del chazo cuencano, para recordarnos la raigambre del mestizaje, extraída de los testimoniales de la vida de los comuneros de las parroquias rurales: Baños, El Valle y Paccha de Cuenca.

     Enamoramiento (Siembra). Lanzarse piedritas entre los novios era considerado un código de aceptación. Luego se visitaba a los padres para pedir la mano, más tarde recibir la bendición de los padrinos que aconsejaban un buen matrimonio y la garantía de procrear para que la estirpe perdure.

     Casamiento. En la iglesia católica el sacerdote da la bendición a los esposos, están presentes el teniente político, el mayoral y el dueño de la hacienda, corroborando que era muy importante este acontecimiento en la vida de las personas y de las comunidades pues ratificaban el núcleo familiar como centro económico, ideológico y cultural.

     Bautizo del wawa (Cosecha). En procesión que evoca el Pase del Niño, los padres de la wawa, padrinos, abuelos y parentela, salen de la casa. Cuando llegan a la iglesia el sacerdote en la pila bautismal pone agua bendita en la frente del infante. Luego al salir de la iglesia se cumplirán varios ritos que determinarán la vida posterior del niño. El corte de pelo, y el entierro del cordón umbilical, nos recuerda el profundo mestizaje, pues están presentes las ritualidades y mitos de los pueblos originarios. El escogimiento del nombre del niño es muy importante, se lo hace de acuerdo al santoral de la fecha que será visto en el calendario. El niño será el heredero del apellido del padre y algunas tierras y animales. Así se sucederá la tradición entre generación y generación. Continuarán la fiesta por varios días.

     Jueves de Feria (Agradecimiento a la tierra). Lugar de reunión de chazos, cholas y niñas para comercializar sus productos, intercambiar saberes, lucir las mejores galas, curarse de las enfermedades, intercambiar productos, interpretar música, bailar, y a veces hasta recitar poemas y décimas para enamorar, o reírse de los acontecimientos locales y nacionales de la política, de la economía, de la educación, o al nombrar los apodos, muy típicos en la ciudad de Cuenca y sus alrededores. También fue punto importante para comprar, vender e intercambiar caballos, sudaderas, sillas de montar y otros fardos de la cría, doma y monta.

     Muerte (Volver a la tierra). Era celebrada como un acontecimiento, pues al morir los miembros de las familias considerados líderes, se suscitaban varios días de duelo, con ciertos ritos como lavar la ropa de difunto en el río, luego jugar al pichca, un dado con cinco lados que marcaba si se ganaba o se perdía las prendas del difunto. Los velorios tenían en ciertas ocasiones características especiales como contar cachos mientras se ingería licor de caña y se jugaba la baraja como el 40. Los deudos y los amigos asistentes recordaban la vida del extinto en sus diferentes facetas, como cuando cruzaba la montaña como arriero y combatía el soroche o lanzaba piedras para la apachita; o cuando fue waquero (buscador de restos arqueológicos) cuando escupía, soplaba alcohol de caña a los cuatro vientos, hablaba palabras de grueso calibre y pedía protección a los cerros en quichua para que no le dé mal aire o mal de ojo cuando extraía los tesoros de las wacas.

¿El chazo donde está hoy? 
     Nos atreveríamos a señalar que su presencia intangible está en clave de mestizaje, simbiosis, e hibridación en varias instancias económicas, ideológicas, políticas, sociales y culturales. Pero su presencia tangible se palpa en palestras y espacios públicos actuales que están a la mano, en rutas de haciendas, comarcas, ciudades, anejos, hasta barrios urbanos en Cuenca y sus alrededores, con expresiones como el Taita Carnaval, el Pase del Niño, la Escaramuza, las fiestas religioso-populares, la música, la danza, la cría y doma de caballos, las cabalgatas, el vestuario, la comida, los dichos y refranes, las dulces expresiones quichua-españolas en nuestra lengua cotidiana, que muestran cuan viva está la rica y fascinante cultura traducida en  la forma de ser y hacer de los cuencanos y los azuayos, los cañarenses y lojanos, para ampliar el termino hasta donde llega el chazo, el chaso y el chazho con sus dignas particularidades que piden unidad.


 


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