EDITORIAL

Corría el mes de enero de 1998, con un grupo de jóvenes reporteros decidimos emprender la aventura de publicar una revista que se llamaría El Observador. Si no es ahora cuándo. Nunca olvidaré el apoyo moral que me ofreció, en ese entonces, mi amigo y compañero de peripecias periodísticas, Hugo Anguisaca Mendoza, un experimentado cronista gráfico, que hasta el día de hoy, a pesar de estar retirado de su profesión, revisa con detenimiento cada edición de la revista, nos sugiere y aconseja como en el primer número. En abril de ese año, dio a luz la “criatura”. Apenas pasaron las tres primeras ediciones, y el entusiasmo de los compañeros se desvaneció, se acabó, así de simple, nos quedamos huérfanos. Muy pronto botaron la toalla, vieron que la tarea era compleja, difícil, sacrificada. Con más coraje decidimos continuar venciendo todos los obstáculos, cada publicación ha sido un reto, nada ni nadie ha sido capaz de frenar la misión emprendida hace veinte años, que concluirá cuando se apague la luz de la vida.

Recuerdo como si fuera ayer, los encuentros y desencuentros, como aquella ocasión cuando acudí a la Universidad de Cuenca, para entregarle al rector de esa época, Gustavo Vega, el primer ejemplar con la fotografía de Monseñor Alberto Luna Tobar en la portada. Tomó la revista, miró con detenimiento la pasta, y tajantemente me dijo: Jaime cuando llegue a la edición número tres, para felicitarle, porque de primeros números está empedrado el ingreso al infierno. Algo así me expresó. Ahora que hemos llegado a la publicación 104, me gustaría depositar en sus manos un ejemplar para conocer su reacción.

Mantener la revista dos décadas, debo confesar, no ha sido nada fácil. Se requiere constancia, valentía, mucho sacrificio personal, es una pasión indescriptible, que muy pocos alcanzan a comprender. En el transcurso de esta “guerra”, hemos librado batallas desiguales por ejercer un periodismo honesto, denunciando a los delincuentes de cuello blanco que se han enriquecido de la noche a la mañana, como dice el pueblo, ingresaron a la función pública con una mano adelante y otra atrás, y se van con los bolsillos repletos, sin una pizca de vergüenza. En dos ocasiones pretendieron destruirme con sendos juicios penales, en el primero un alcalde de ingrata y triste recordación, quiso sumar a su billetera quinientos mil dólares por su moral “ofendida”, el juez le respondió que la moral no tiene precio, que las denuncias fueron documentadas. El segundo intento por mandarme a la cárcel, también fracasó, Triunfó ampliamente la libertad de expresión, esa libertad por la que hemos luchado toda la vida. El infame demandante se dio con la piedra en los dientes en la primera audiencia, para la segunda ni se presentó como gran cobarde. Fue por lana pero salió completamente trasquilado. La historia grabó esos episodios victoriosos, cuando el fiero “Goliat” fue derrotado por el pequeño “David”. Nunca te rindas.

El más grande reconocimiento hemos recibido de ustedes amigos observadores, de los ciudadanos, de los que no tienen voz, porque saben que tienen un medio a donde acudir sin condiciones, porque hacemos un periodismo libre, sin calculadora en mano.

Vaya mi homenaje de reconocimiento, de inmensa gratitud a todas las personas que con sus plumas, sin esperar nada a cambio, nos han ayudado a edificar esta casa periodística, que ya no es únicamente de Cuenca, sino del Ecuador y del mundo.

El Observador ha sido un sueño hecho realidad. Como alguna vez dijo Gandhi: “Los sueños parecen al principio imposibles, luego improbables, y cuando nos comprometemos se vuelven inevitables”.

La Libertad de Expresión, ni se compra, ni se vende, ni se transa.