Editorial

La Universidad de Cuenca requiere con urgencia un baño de verdad, una limpia, una purificación, poner la casa en orden, expulsar a todos los malos elementos, desterrar para siempre viejas prácticas corruptas de silencio y complicidad, que han perjudicado gravemente el normal desarrollo de las actividades académicas en perjuicio de los estudiantes que han sufrido en carne propia, la irresponsabilidad de ciertos “catedráticos”, que a través de los años, han hecho lo que les han venido en gana. Rectores, decanos, consejos universitarios, personal administrativo, unos más que otros, han sido encubridores de holgazanerías, es decir, han permitido, por miedo, en unos casos, y por compromisos políticos, en otros, que profesores incumplan con  los sagrados deberes de educar como se debe a las nuevas generaciones de hombres y mujeres, responsables de conducir los destinos del país, de la mejor manera, con transparencia y honestidad.

Cómo se entiende que “catedráticos” se hayan pasado la vida de agache, con comisión de servicios interminables, atropellando las leyes y reglamentos, con el vil cuento de que pertenecen a determinado partido político. Exigimos a las autoridades de la legendaria Universidad de Cuenca, den a conocer los nombres de esos privilegiados durante la década del nefasto correismo, que hicieron de las suyas porque se adueñaron con amenazas y engaños de todos los poderes del Estado, incluida la educación, que fue arrasada hasta dejarla en escombros.

La responsabilidad de lo que ha sucedido en la querida Universidad de Cuenca, donde tuve el honor y el orgullo de educarme, en la carrera de Comunicación Social; es de los directivos que han socapado la vagancia de “personajes” que dieron el mal ejemplo a las juventudes, como el penoso caso sucedido por décadas en la Facultad de Jurisprudencia, donde los alumnos de Derecho Penal, fueron víctimas de la irresponsabilidad y quemeimportismo del Doctor Caupolicán Ochoa Neira.

Alguna vez, los estudiantes decidieron tomar al “toro bravo por los cuernos” y denunciar lo que les estaba sucediendo; este medio de comunicación recogió las inquietudes de los pupilos, publicamos un reportaje bajo el título: La Rebelión de los Estudiantes (año 2005, edición 22). Acudimos al decanato para preguntarle al entonces “jefe”  Doctor Jorge Morales, por qué permiten esa falta de compromiso,  la respuesta nos dejó anonadados: “le tenemos miedo, anda armado”. Y, así han pasado décadas, de silencio y confabulación de rectores, decanos, consejos universitarios, personal administrativo, que haciendo “espíritu de cuerpo”, han permitido que cientos, miles de estudiantes, hayan quedado en “babia”, frente a educandos de otras universidades del país, que han salido bien preparados en la materia de derecho penal.

Pero como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista; o no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague; o no hay enemigo chico, El Observador, presentó la denuncia respectiva para que se investigue la inasistencia de Ochoa Neira, a dictar clases, con las mismas pruebas contundentes que nos entregaran las autoridades superiores del Alma Mater.

El Consejo Universitario, nombró una “comisión” para que presente un informe. Pasaron los días, las semanas y los meses y, finalmente, ocurrió lo que nos esperábamos: un mal entendido “espíritu de cuerpo”, frente a la montaña de evidencias, sancionaron al incumplido con una simple amonestación por escrito. Y le dieron carta blanca, para que continúe con su vieja y perversa práctica. Cundió el pánico. Apenas dos o tres integrantes del Consejo Universitario, habían exigido sanciones drásticas, sentar un precedente, pero donde manda capitán no manda marinero.

Como la esperanza es lo último que se pierde, esta vez, acudimos a la Contraloría Gereral del Estado, con la misma decisión y frontalidad, que se haga una auditoría. Asistimos al reconocimiento de firma, y estamos a la espera del resultado del examen. El dinero mal ganado tiene que ser devuelto, los coautores sancionados. Algo más, volvimos a insistir ante el rector, una nueva indagación. Le correspondió a la Facultad de Jurisprudencia, esta vez, integrar una “comisión especial”, compuesta por tres catedráticos, para que elabore un nuevo informe de lo que por décadas ha sido un secreto a voces. Para concluir debo decir que la renuncia de Ochoa Neira no le excluye de todo el daño que le hizo a la Universidad de Cuenca. Se va sin pena ni gloria. La justicia está en deuda. Pido prestado al Maestro Juan Montalvo, su frase histórica, que cobra actualidad: “mi pluma te mató”.

La Libertad de Expresión, ni se compra, ni se vende, ni se transa.