EDITORIAL

El pueblo ecuatoriano cumplió, una vez más, con su compromiso cívico y patriótico. Acudió a las urnas el domingo 4 de febrero, atendiendo el llamado del presidente de la república, Lenin Moreno. La respuesta fue favorable a las 7 preguntas, el SÍ triunfó a nivel nacional. Ahora el gobierno tiene la obligación histórica e ineludible de ejecutar el mandato popular. Las esperanzas de mejores días para la patria está en manos de Moreno, es de esperar que no defraude torciendo el camino trazado por la mayoría de ciudadanos, que anhelan que las cosas cambien radicalmente, que se ponga en práctica cada una de las disposiciones de la consulta-referéndum.

 El gran perdedor de la jornada electoral fue el que Moreno bautizó como el “matón de barrio”,  ese “matón” que volvió de Bélgica, creyendo que el pueblo al que ofendió, insultó, persiguió, agredió, amedrentó, acusó, enjuició, con saña y alevosía, con odio desbordado, le iba a seguir apoyando, pero se dio con la piedra en los dientes. En sus recorridos recibió una de las más grandes lecciones que se le pueda dar a un caudillo que durante una década gobernó en su propio beneficio, derrochando a manos llenas el dinero ajeno, permitiendo que sus agnados y cognados se hagan millonarios sin control alguno. Todos los hombres y mujeres que denunciaron la corrupción, el saqueo de los recursos públicos, los sobreprecios faraónicos, esos truculentos acuerdos “entre las partes”, los negociados de buena fe, fueron perseguidos y acusados sin contemplaciones, humillados y señalados con el dedo en las miserables sabatinas que cada sábado se instalaban en distintas ciudades e incluso desde el exterior, para mofarse infinitamente de sus adversarios, de aquellos opositores que hasta el día de hoy están sufriendo las consecuencias de sus infamias. Los casos son incontables, cada historia es diferente, cada víctima de su venganza ha padecido hasta lo indecible. Ese pueblo que no olvida lo recibió como se merece, a huevazo limpio, a puro huevo, el rechazo fue contundente. Cosechó un diluvio de huevos, esos huevos que fueron lanzados no por pelucones sino por la gente más simple, más sencilla, más decente, por ese colectivo que no olvida los abusos. El repudio fue contundente en calles, plazas y en las urnas.

El mandante dijo Sí a la pregunta 1. Que los abusivos correistas sean condenados, que vayan a la cárcel, que devuelvan todo el dinero sustraído, que sus bienes sean incautados, y que nunca más vuelvan a ocupar cargo público alguno. La justicia tiene una gran tarea por delante. Las nuevas autoridades que designe el Consejo de Participación (transitorio), deberán cumplir al pie de la letra lo que el pueblo decidió, sin contemplaciones, sin vacilaciones, caso contrario, volverá a las calles y ya nos imaginamos lo que sucederá. El caudillo que pensó que gobernaría por 300 años, nunca olvidará que un 31 de enero de 2018, salió huyendo despavorido en helicóptero de la gloriosa comunidad de Quinindé, no sin antes recibir un diluvio de indignados huevos cansados de tanta inmoralidad.

Estimados lectores, amigos observadores, el próximo mes de abril cumpliremos dos décadas de vida periodística. Seguiremos trabajando con la misma pasión de siempre y hasta siempre, defendiendo sin tregua la libertad de expresión, esa libertad que en los últimos 10 años fue anulada.